El café frío tiene un sabor amargo, casi metálico, que se pega al paladar como una mala decisión. Eran las seis de la mañana y la cocina de la mansión, ese santuario de mármol que usualmente dominaba con el aroma a mantequilla y tomillo, se sentía ahora como una sala de espera de hospital. Apenas había dormido dos horas. Cada vez que cerraba los ojos, el fantasma de las manos de Alexander sobre mi cintura en el sofá del despacho me sacudía, devolviéndome a una vigilia eléctrica y hambrienta.
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