El sol de la mañana se sentía como una intrusión innecesaria. Tras los eventos de la noche anterior en la biblioteca, el aire en la habitación principal de la mansión Vane parecía haber cambiado su composición química. Ya no era solo oxígeno y nitrógeno; estaba saturado de una sensualidad residual, de ese tipo que te hace consciente de cada milímetro de tu propia piel y de la distancia exacta que te separa de la otra persona.
Alexander se había marchado antes de que yo abriera los ojos, pero