La oficina de Alexander a las tres de la mañana no es el lugar gélido y ordenado que suele proyectar en las revistas de finanzas. Ahora, bajo la luz mortecina de los flexos auxiliares, parece un búnker en plena resistencia. Hay planos desplegados sobre el suelo de roble, pantallas que parpadean con flujos de inventarios y un aroma pesado a café cargado que se mezcla con el sándalo de su piel, creando una atmósfera de sensualidad cruda y agotada.
Llevo horas revisando las rutas de suministro p