Capítulo 56. Le ofrecí una salida digna.

El humo gris del papel quemado se elevaba en espirales delgadas desde la papelera de metal, llenando el despacho con un olor acre que contrastaba con la sofisticación del lugar.

Eris se apoyó en el borde del escritorio, sintiendo que la adrenalina abandonaba su cuerpo y la dejaba temblando.

Miró a Ares, que volvía a sentarse en su silla, imperturbable, como si no acabara de presidir un juicio emocional.

—Ares —dijo Eris, y su voz recuperó un poco de fuerza—. Si ya lo sabías todo… si sabías que
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