Capítulo 125. Este hombre era su guardián.
El sonido de armas automáticas rasgó la noche. No eran disparos aislados como los de Greta. Era una ráfaga continua, profesional, letal.
Las balas zumbaron por encima de sus cabezas como avispones furiosos.
¡CRACK! ¡CRACK! ¡THUD!
Los proyectiles impactaron contra la corteza del roble, haciendo saltar astillas de madera que llovieron sobre ellos.
Otros golpearon el metal del Mercedes abandonado en la carretera, perforando la chapa con un sonido metálico horrible, y algunos más se enterraron en