Capítulo 122. Ver la verdad.
El aire del atardecer, ya cargado de la humedad fría que anunciaba la noche, se le clavó en los pulmones como un puñal de cristal.
Cada inhalación era un recordatorio de su fragilidad, del dolor sordo y persistente que le atenazaba las costillas.
La pelea con Greta había reabierto sus heridas. Sin embargo, el dolor era un lujo, un ruido de fondo que su instinto de supervivencia había aprendido a callar.
Lo que la consumía ahora era una certeza gélida: estaba completamente sola, herida, y la