La noche avanzaba silenciosa sobre Alborada.
El vehículo de Alonso recorría una carretera cada vez más aislada mientras los faros atravesaban la oscuridad. A medida que avanzaba, el paisaje urbano había desaparecido por completo. Los edificios, las luces y el movimiento de la ciudad quedaron atrás hacía varios kilómetros.
Ahora solo existían los caminos estrechos.
La roca.
La vegetación.
Y el extraño silencio de la naturaleza.
Alonso conducía con una sola mano apoyada sobre el volante.
Su mirad