Llegada a la Capital

La Casa Grande estaba en silencio.

No era el silencio apacible de la madrugada, sino uno espeso, cargado, como si las paredes mismas escucharan. Rolando Trovatto permanecía de pie frente al ventanal de su despacho, con las manos entrelazadas a la espalda. Afuera, los jardines perfectamente cuidados dormían bajo la penumbra, ajenos a la tormenta que comenzaba a gestarse dentro.

El patriarca había envejecido, sí, pero no había perdido lo esencial: el instinto.

Y ese instinto le decía que Judit
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