El rugido de la cascada llenaba cada rincón de la noche.
El agua golpeaba las rocas con una fuerza brutal, levantando una niebla fina que se mezclaba con la oscuridad.
Vega corría.
Corría sin sentir el cansancio.
Sin sentir el dolor.
Sin sentir nada más que el terror que apretaba su pecho.
Las lágrimas seguían cayendo mientras avanzaba siguiendo aquel rastro que parecía conducirla directamente hacia una pesadilla.
Cada paso aumentaba la angustia.
Cada segundo parecía una eternidad.
Porque algo