El amanecer en Alborada no fue suave. No hubo esa transición delicada entre la noche y el día. Fue abrupto. Violento. El cielo apenas comenzaba a teñirse de tonos grisáceos cuando las notificaciones comenzaron a estallar en los teléfonos, en las pantallas digitales de los portales informativos, en los titulares que parecían gritar incluso en silencio.
Desde Australia. Desde un medio menor que, inexplicablemente, había decidido expandir con fuerza las acusaciones de Judith en contra de Alonso y