William conducía sin un destino claro. Las calles se iban abriendo frente al auto como si la ciudad intentara darle espacio, pero él no veía nada de eso. Veía las fotos. Veía la cara de Dalia inclinada hacia ese hombre con una familiaridad que no dejaba lugar a interpretaciones. Veía años enteros de duelo, de culpa, de noches en las que se convenció de que debió haber llegado antes al accidente, de que debió haber insistido en acompañarla, de que de alguna manera él tuvo la culpa de perderla.
—¡