La sala de reuniones de Vantgarde Empire tenía esa típica frialdad funcional. Nahla llegó puntual, se sentó a la cabecera de la mesa como si llevara años haciéndolo, cruzó las manos sobre la superficie y miró a los tres abogados que la esperaban con sus carpetas abiertas y sus caras de circunstancia.
—Quiero saber exactamente dónde estamos —dijo, sin preámbulos.
Ricardo Montoya, el abogado principal, era un hombre de unos cincuenta años con el tipo de experiencia que se nota no en los títulos en