El silencio de William se prolongó más de lo que Nahla podía soportar. Ella buscó en sus ojos una respuesta, una señal, pero solo encontró una lucha interna que él no lograba poner en palabras.
Con un suspiro cargado de una madurez que le dolía en el pecho, Nahla se apartó un poco y se sentó en la cama, cubriéndose con la sábana de seda. La calidez del encuentro sexual todavía vibraba en su piel, pero el frío de la duda ya empezaba a colarse por las rendijas de su seguridad.
—No tienes que decir