El mensaje de Julián no pedía permiso, imponía presencia. Aurora lo entendió desde el primer segundo, aun así respondió que sí. No tenía margen para negarse, no cuando cada paso que daba podía convertirse en una amenaza contra Celeste. El miedo estaba ahí, pero lo usaba como combustible, no como freno.
Al cruzar las puertas de la mansión Casalins, se obligó a no dudar. Caminó recta, sin bajar la mirada, sin permitir que ese lugar la hiciera sentir pequeña otra vez. Los techos altos y el eco de