En la imponente mansión de los Vázquez, el aire no se sentía como el de un hogar, sino como el de un campo de batalla donde los soldados descansan sobre sus armas.
Paolo estaba repantigado en uno de los sillones de cuero del estudio, con una tableta en la mano y una expresión de triunfo que no le cabía en el rostro. Sus dedos se deslizaban por la pantalla con una agilidad casi febril, deteniéndose en cada titular que alimentaba el incendio mediático que él mismo había provocado. «El imperio de W