Penélope miró a su madre, pero no había rastro de duda en sus ojos. Al contrario, una chispa de impaciencia cruzó su rostro; la cautela de la mujer mayor empezaba a resultarle irritante.
—No entiendo por qué me pides que espere —soltó Penélope, cruzándose de brazos—. Cada segundo que Esmeralda respira el mismo aire que Julián es un riesgo que no estoy dispuesta a correr. Ella es el cáncer de esta situación, y yo soy la única que sabe cómo extirparlo.
Fabiola sonrió, pero esta vez su calma no era