Nahla apretó el respaldo de la silla hasta que los nudillos le blanquearon. La mujer frente a ella había lanzado esa frase con la frialdad de quien arroja una piedra a un estanque quieto, segura de que las ondas llegarían hasta la orilla para destrozarlo todo. Dalia no había muerto. La afirmación flotaba en el aire viciado del apartamento como un veneno que se niega a disiparse, quemándole los bronquios a cada bocanada.
—Quiero que lo repitas —ordenó Nahla, con la voz tan baja que vibraba con un