La habitación aún guardaba el eco de la risa, de las promesas, de la piel rozándose con esa confianza que solo nace cuando el amor se siente seguro. Aurora, con una determinación nueva, se acercó a Julián sin titubear. Sus manos, suaves pero firmes, buscaron el cierre de su pantalón.
—Esta vez… no vas a huir —susurró, mirándolo con una intensidad distinta, más dueña de sí misma.
Julián dejó escapar una pequeña risa, sorprendido y fascinado.
—¿Ah, no?
—No.
Pero el momento se rompió.
El teléfono v