El golpe resonó seco. Fabiola ni siquiera intentó disimular la furia en su rostro mientras bajaba la mano lentamente, observando a Penélope con desprecio abierto.
—Eres una inútil —escupió—. Te di todo, te enseñé cómo moverte, cómo pensar… y aun así sigues fallando.
Penélope no reaccionó de inmediato. Su rostro quedó girado por el impacto, pero no hubo lágrimas. No hubo temblor. Solo un segundo de quietud… y luego, muy despacio, volvió a mirarla.
—¿Terminaste? —preguntó con una calma que resulta