El efecto de la sustancia comenzó a ceder de manera lenta y tortuosa, dejando en la boca de Dalia un amargo sabor a metal y una pesadez horrible en los párpados.
Abrió los ojos con dificultad, obligándose a enfocar la vista en la penumbra de una habitación desconocida, fría y de techos altos. Intentó mover las manos para llevarlas a su rostro, pero el crujido del cuero y la presión en sus muñecas la devolvieron de golpe a su cruda realidad: estaba amarrada a una vieja silla de madera.
Frente a