DONDE SOLO QUEDA DOLOR.
La junta directiva se vació con la rapidez de un barco que encuentra puerto seguro. Los inversionistas se marcharon con carpetas bajo el brazo y expresiones de alivio, murmurando sobre la inyección de capital que salvaría la empresa gracias a la entrada de Mauricio. Para ellos, era un negocio redondo. Para William, era un puñal directo al orgullo. Caminó con paso firme hacia la oficina de Nahla, cerrando la puerta detrás de sí con un golpe seco.
—Espero que estés contenta —soltó William, cruzánd