Semanas después.
Nahla sentía que el cuerpo le pesaba una tonelada. Se miró en el reflejo de la pequeña ventana de la habitación del hospital y apenas se reconoció. Tenía ojeras profundas y el cabello, que antes cuidaba con un rigor casi militar, ahora era una masa enredada sujeta por una pinza de plástico.
Llevaba tres semanas viviendo en esa silla incómoda, alimentándose de café amargo y oraciones desesperadas. El mundo exterior había dejado de existir; el Imperio, las acciones que caían en p