El caos estalló sin aviso.
Los primeros disparos rompieron la quietud de la montaña como un trueno seco. Afuera, los hombres de Alejandro avanzaron con precisión, cubriéndose unos a otros, derribando a cualquiera que intentara interponerse. No hubo dudas, no hubo titubeos. Cada paso era firme, cada movimiento estaba calculado.
—¡Limpien el perímetro! ¡No dejen a nadie en pie! —ordenó Marcos con voz fuerte mientras avanzaba entre los árboles.
Los hombres apostados alrededor de la choza no tuviero