Horas después, la habitación del hospital se había convertido en un campo de batalla emocional. No había sangre en el suelo, pero sí palabras que dolían igual o más.
Cristina estaba recostada, pálida, con el hombro vendado. Sus ojos no dejaban de llorar. Frente a ella, Vicente caminaba de un lado a otro, como si quedarse quieto fuera imposible.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto, Cristina? —dijo al fin, deteniéndose frente a ella—. Que me obligas a imaginar cada segundo lo que pudo haber pasado