El agua caliente golpeaba la piel de Valentina, pero no lograba calmar el nudo que le apretaba el pecho. Se repetía una y otra vez que lo de esa madrugada había sido solo deseo, un error impulsivo. Sin embargo, el dolor no cedía. La culpa la golpeaba sin descanso, como un martillo contra metal.
—¿Por qué me siento así? —sollozó bajito, abrazándose con fuerza—. No lo quiero… no quiero sentir nada.
Cerró los ojos y, de inmediato, volvió el recuerdo: las manos de Alejandro recorriéndola despacio, s