El silencio en el baño solo era interrumpido por el sonido del agua que seguía corriendo. Alejandro continuaba allí, despojado de su armadura de hombre de negocios, esperando una sentencia que dictaría el resto de su vida.
Valentina lo miró, sintiendo que el muro de hielo que había construido alrededor de su corazón presentaba la primera grieta profunda.
—Levántate… —susurró—. No quiero verte así.
—Solo dime que no te vas —respondió él, aferrado a sus manos—. Dime que me darás una oportunidad.
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