Valentina no aguantó más. El peso de la mirada de Vicente, constante y silenciosa.
Se levantó del sillón y caminó directo hacia Vicente. Él no se movió. La esperaba, como si supiera que ese momento llegaría.
—¿Por qué desde que llegó no has dejado de vigilarme? —preguntó ella sin rodeos—. Siempre está ahí. Mirándome.
Vicente bajó los brazos.
—No era mi intención incomodarte.
—Pues lo haces.
Él respiró hondo.
—Lo siento, Valentina. No quise que te sintieras así. Solo que tú…
Se quedó en silencio.