El viento soplaba con suavidad en el cementerio, agitando los pétalos de las flores blancas que Valentina acomodó sobre la lápida de Luz. El nombre de su hija, grabado en la piedra, todavía le provocaba un vacío que amenazaba con derrumbarla, pero, en ese momento no permitiría que el dolor la venciera.
Se arrodilló.
—Hola, mi amor —susurró, dejando las flores con cuidado sobre la piedra—. Traje tus favoritas. Las que olían a vainilla cuando las poníamos en la mesa del desayuno.
Pasó los dedos p