NARRADOR.
El comedor estaba en silencio cuando Kaan y Emma entraron juntos al amanecer. No se tocaban, pero la distancia entre sus cuerpos era tan pequeña que el aire parecía cargado de electricidad. Emma llevaba una camiseta negra de él que le llegaba a medio muslo y el pelo revuelto, todavía húmedo de la ducha que habían compartido. Kaan tenía arañazos frescos en el cuello y en el pecho, la camisa desabrochada, y una expresión que era mitad satisfacción, mitad desafío. Olían a sexo, a sudor