CAPÍTULO 37

POV ÁNGELA

El amanecer en la isla era un traidor. El océano parecía un espejo de cristal turquesa, la brisa suave mecía las palmeras como si el mundo entero estuviera en paz, y por un segundo —un maldito segundo— me permití creerlo. Acaricié mi vientre abultado, ya en el séptimo mes, sintiendo las pataditas sincronizadas de mis hijas como pequeños recordatorios de que algo puro aún sobrevivía en mí. Cerré los ojos y visualicé un futuro imposible: Bruno enseñándoles a nadar, yo riendo sin mirar
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