POV ÁNGELA
Las ganas de vomitar se habían convertido en una puta constante, un recordatorio cruel de que mi cuerpo ya no era solo mío. Despertaba con la boca llena de bilis, el estómago revuelto como si hubiera tragado veneno. A veces me pillaba en plena reunión, con Venus y Fabiola discutiendo coordenadas, y tenía que apretar los dientes, tragar saliva ácida y fingir que todo estaba bien. Otras veces era después de comer, cuando el olor de la comida —cualquier comida— me hacía correr al baño a