La mansión Kholl, con sus jardines perfectamente cuidados y sus ventanales que reflejaban los primeros rayos del amanecer, había cambiado en los últimos dos años. Lo que alguna vez fue un refugio de elegancia silenciosa ahora vibraba con risas infantiles y el calor de una familia en pleno florecimiento. Dalila Weber, sentada en la terraza con una taza de té de jazmín en las manos, observaba a su hijo, Adrien, corretear entre los rosales. A sus dos años, Adrien era una réplica viviente de Albert