Leah se encontraba frente al espejo. Sus rasgos eran finos, casi esculpidos, y el reflejo que la devolvía la hacía parecer una pintura viviente.
—Señora —la voz de Arturo resonó tras la puerta—. ¿Está lista?
—Sí, ya salgo, Arturo —respondió ella mientras tomaba su pequeño bolso. No tuvo tiempo de seguir analizando los pensamientos que cruzaban su mente. Al salir, notó cómo algunas empleadas cuchicheaban a su paso; no todas, pero sí las suficientes como para sentir el peso de sus miradas. Ent