—Voy en un momento —respondió Kevin, posando su intensa mirada azul sobre su esposa. Leah prefirió agachar la cabeza mientras preparaba el té, pero en cuanto el hombre dio el primer sorbo, su expresión cambió. Frunció el ceño, analizó el sabor con desconfianza y luego habló con voz grave.
—Leah, no lo bebas. La abuela ha hecho de las suyas otra vez. Ese té tiene un estimulante.
Apenas escuchó aquellas palabras, Leah soltó la taza que sostenía. El golpe seco del cerámico al romperse hizo eco