Kevin permanecía de pie frente al escritorio, inmóvil, como si el cuerpo no le perteneciera. Las tres carpetas descansaban abiertas, desparramando documentos, fotografías, informes médicos y transcripciones que parecían gritar una verdad que nadie había querido —o podido— ver antes.
Arturo se mantenía erguido, pero tenso. El investigador, un hombre de rostro curtido y mirada precisa, fue quien tomó la palabra. Su voz era firme, sin adornos, como quien sabe que cada sílaba pesa. Era momento de terminar con esto.
—Señor Hill… —comenzó—. Lo que va a escuchar no es una hipótesis. Es una reconstrucción completa basada en pruebas cruzadas, registros financieros, testimonios indirectos y errores que alguien creyó bien enterrados.
Kevin no respondió. Solo asintió una vez.
El investigador deslizó una fotografía hacia el centro del escritorio. Era borrosa, tomada desde lejos. Una mujer de espaldas, delgada, con el cabello recogido de forma descuidada.
—Esta imagen fue tomada la noche