Kevin permanecía de pie frente al escritorio, inmóvil, como si el cuerpo no le perteneciera. Las tres carpetas descansaban abiertas, desparramando documentos, fotografías, informes médicos y transcripciones que parecían gritar una verdad que nadie había querido —o podido— ver antes.
Arturo se mantenía erguido, pero tenso. El investigador, un hombre de rostro curtido y mirada precisa, fue quien tomó la palabra. Su voz era firme, sin adornos, como quien sabe que cada sílaba pesa. Era momento de