Cuando el reloj marcó las cinco de la tarde, Leah cerró su agenda y se masajeó la frente. Estaba agotada, pero sabía que la vicepresidencia no era un puesto de descanso. Además, no pensaba desaprovechar la oportunidad que su esposo le había dado. Antes de que pudiera seguir divagando, la puerta de su oficina se abrió de golpe.
La imponente figura de Kevin Hill irrumpió en su campo de visión, tomándola por sorpresa. Leah se incorporó enseguida, percibiendo el fastidio en su mirada y el tono co