El reloj marcaba las doce y media cuando Leah levantó la vista de los planos que tenía frente a ella. Había estado tan concentrada que no había notado cómo el sol se filtraba suavemente por los ventanales de su oficina, tiñendo el escritorio de un tono dorado. Un suspiro escapó de sus labios, cansados por las horas que llevaba intentando entender los proyectos que Kevin, con evidente malicia, le había enviado aquella mañana.
Se masajeó las sienes, apartando un mechón rebelde que caía sobre su