El agudo olor a limpiador de pisos invadió las fosas nasales de Alrana antes de que sus ojos se abrieran por completo. Lo último que recordaba era la fría oscuridad del estudio subterráneo y el duro abrazo de Lucyano que se sentía como hierro caliente en su piel. En cuanto sus párpados se levantaron, la cegadora luz blanca de los focos de neón la obligó a entrecerrar los ojos.
"¿Ya despertó, jovencita?" una voz ronca de una mujer de mediana edad rompió el silencio.
Alrana intentó levantarse, pe