El agudo olor a limpiador de pisos invadió las fosas nasales de Alrana antes de que sus ojos se abrieran por completo. Lo último que recordaba era la fría oscuridad del estudio subterráneo y el duro abrazo de Lucyano que se sentía como hierro caliente en su piel. En cuanto sus párpados se levantaron, la cegadora luz blanca de los focos de neón la obligó a entrecerrar los ojos.
"¿Ya despertó, jovencita?" una voz ronca de una mujer de mediana edad rompió el silencio.
Alrana intentó levantarse, pero su cabeza se sentía pesada, como si su cerebro acabara de ser estrujado. Una vía intravenosa estaba conectada a su muñeca. Junto a la cama, una enfermera mayor con un uniforme blanco almidonado ajustaba el flujo de un líquido transparente hacia su vena.
"¿Dónde estoy? ¿Dónde está Lucyano?" susurró Alrana, su voz ronca y dolorida en la garganta.
"Está en la clínica privada de la Torre Reyes. El señor Lucyano se fue hace dos horas después de que el médico confirmara que solo estaba exhausta. Di