Alrana se sobresaltó, su cabeza casi golpea el frío hierro de la cama mientras intentaba levantarse como un rayo. Un fino polvo se pegó a sus palmas temblorosas, pero el pánico que se agitaba en su pecho era mucho más asfixiante, como si una mano invisible le estrujara el corazón. En el umbral de la puerta, Lucyano Reyes estaba de pie, erguido y majestuoso, su imponente sombra llenaba todo el marco. Sus manos estaban casualmente metidas en los bolsillos de sus costosos pantalones de tela, que p