Mundo ficciónIniciar sesiónAlrana miró la gigantesca pantalla del monitor que aún mostraba la vista de su casa asediada, sus manos temblaban violentamente. Su corazón latía con fuerza, entre una ira ardiente y un miedo asfixiante. Lucyano Reyes estaba de pie a su lado, observando su reacción con una mirada penetrante, como si estuviera evaluando un experimento. El hombre sonrió con una mueca torcida, una cruel sonrisa de victoria.
"Claro que no vas a firmar aquí, ¿verdad?" Lucyano la apartó a la fuerza de la pantalla, arrastrándola de nuevo por los largos pasillos de mármol. "Te lo mostraré. Hay cosas mucho más horribles que ver tu casa destruida, Alrana. Hay cosas mucho más dolorosas que ver morir a los que amas."
Alrana no se resistió. Sus piernas se movían como las de un robot, obligadas a seguir los largos pasos de Lucyano. Subieron a un ascensor privado, ascendiendo, atravesando capas de lujo hacia una altura aún más opresiva. La puerta del ascensor se abrió en un piso mucho más alto que la oficina de Lucyano. Allí, un balcón de cristal curvado rodeaba toda el área, ofreciendo una vista ilimitada de la ciudad bajo la brillante luna.
"Mira esto," Lucyano señaló hacia abajo, hacia la entrada principal de la Torre Reyes, que ahora parecía una miniatura. "Érase una vez, una mujer que juró dominar el mundo del Pop Mexicano. Tenía talento, tenía belleza, tenía millones de fans. Y tenía un nombre artístico que siempre recordarás."
Alrana entrecerró los ojos, tratando de reconocer lo que Lucyano señalaba. Entre la multitud de celebridades que acababan de partir, una mujer que antes era hermosa, ahora era expulsada brutalmente del edificio. Los guardias de seguridad la arrastraron a un coche de lujo, confiscándole el teléfono y el bolso. Su ropa, antes elegante, ahora parecía raída.
"La conozco," susurró Alrana. "Lucía Elena. La que anoche fue expulsada por esa puerta."
"Correcto," Lucyano asintió lentamente, como si estuviera orgulloso de la observación de Alrana. Sacó su delgado y caro teléfono, tocando la pantalla con sus largos dedos. "Tres meses. Solo necesité tres meses para hacer que todo el país olvidara que alguna vez existió. Pero como se atrevió a romper mi contrato e intentar gestionar su propia carrera, le daré el toque final."
Lucyano presionó el botón de llamada. Alrana pudo escuchar débilmente una voz al otro lado del teléfono. "Cancele todos los anuncios de Lucía Elena en vallas publicitarias. Ahora. Reemplácelos con una foto de la cara de mi perro caniche. Es más interesante que su drama barato." Lucyano sonrió cruelmente. "Contacte a todas las estaciones de radio. Póngale en la lista negra. Asegúrese de que ninguna canción de Lucía Elena se reproduzca en toda la red de medios de Reyes."
Alrana miró a Lucyano con horror. En cuestión de segundos, con solo unas pocas órdenes por teléfono, la carrera de una diva pop podía ser destruida por completo. No más anuncios en vallas publicitarias. No más canciones sonando en la radio. Lucía Elena, que antes era majestuosa, ahora realmente ya no existía. Era un fantasma. Una muñeca rota desechada.
El miedo asfixió a Alrana. El poder absoluto de este hombre era aterrador. No era solo un productor. Era un dios en esta industria, que podía crear o destruir la carrera de alguien a su antojo. Alrana de repente se sintió muy pequeña e impotente. Su orgullo, que antes era tan grande, ahora se sentía como ceniza arrastrada por el viento a esta altura.
Lucyano guardó su teléfono en el bolsillo de su chaqueta. Se volvió hacia Alrana, su mirada ahora irradiando una obsesión fría y pura. El hombre se acercó, acortando la distancia entre ellos hasta que Alrana pudo sentir el calor de su cuerpo.
"¿Lo ves, Alrana?" Lucyano susurró, su voz ahora se había convertido en un susurro bajo, cargado de erotismo y amenaza. Levantó su mano, no para tocarla, sino para tocar el aire delgado alrededor del cuello de Alrana. "Lucía Elena creyó que era libre. Creyó que podía recuperar su voz. Pero en este mundo, no puedes comprar la libertad con talento. La compras con... tu alma."
Lucyano se acercó aún más. Alrana podía sentir su cálida respiración en su oído. "No solo quiero tu voz en ese contrato, Querida. Te quiero a ti. Tu alma, tu cuerpo, cada latido de tu pulso, cada lágrima tuya que se convertirá en tinta para mis canciones. Te poseeré por completo."
Alrana cerró los ojos, el vello se le erizó. La amenaza se sentía más profunda que unas simples palabras. Lucyano tiró de su barbilla lentamente, obligando a Alrana a mirarlo.
"No solo me vendiste tu voz, Alrana," Lucyano sonrió, sus ojos brillando bajo la luz de la luna. "Entregaste tu alma. Y a partir de este momento, esa alma me pertenece por completo."
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