Capítulo 4: Tinta y Sangre

El aire en la oficina de Lucyano se sentía más denso, como terciopelo que envolvía cada rincón con una calidez asfixiante. La araña de luces de cristal que antes brillaba intensamente ahora emitía una luz tenue y dorada, creando sombras largas y danzantes en las paredes cubiertas de madera de teca oscura y en las estanterías repletas de antiguas leyes. El aroma a sándalo costoso, a puro cubano fuerte y a alcohol de whisky single malt aún flotaba en el aire, mezclado con el penetrante olor a papel nuevo del documento sobre la mesa. Alrana permanecía inmóvil frente a la mesa consola de cristal, sus ojos fijos en un bolígrafo de oro que Lucyano había colocado intencionadamente sobre un grueso documento iluminado por una luz tenue. 'El Contrato de La Malicia', se leía claramente en la portada, con letras góticas que parecían burlarse de cada uno de sus alientos, de cada vestigio de libertad que le quedaba.

Lucyano volvió a sentarse en su gran silla de cuero negro, cruzando las piernas con despreocupación y absoluto dominio, pero su mirada nunca se apartaba de Alrana. Ante ellos, la gigantesca pantalla del monitor que antes mostraba el sufrimiento de su madre en Oaxaca ahora estaba apagada, dejando solo el reflejo oscuro del rostro pálido de Alrana y los ojos afilados y brillantes de Lucyano en ella. El silencio creado era verdaderamente penetrante, ahogando cada sonido, dejando solo el salvaje latido del corazón de Alrana resonando en sus oídos, rebotando en sus tímpanos como un tambor de guerra que anunciaba su propia derrota.

"Lee eso, Alrana," la voz de Lucyano rompió el silencio opresivo, baja, plana y desprovista de cualquier emoción identificable. "Cada palabra, cada cláusula. Para que sepas exactamente lo que acabas de venderme. Cada detalle de tu destrucción que ya has acordado."

Alrana respiró hondo, un aliento que se sentía entrecortado, sus pulmones oprimidos y pesados, como si estuvieran llenos de plomo caliente. Con manos temblorosas, tomó el documento. El papel era grueso, liso y frío al tacto de sus dedos, como la piel amenazante de una serpiente. Comenzó a leer, cada frase se sentía como una hoja de cuchillo desgarrando su interior, despojándola de cada capa de dignidad y esperanza.

Cláusula 1: Derechos de Imagen y Persona. Todos los derechos de autor del nombre artístico, estilo de vestuario, maquillaje, identidad pública y cualquier representación visual de "La Emperatriz Oscura" pertenecen íntegra y permanentemente a Reyes Media. La Artista no tendrá derecho a reclamar sobre la modificación o el uso de dicha imagen.

Alrana tragó saliva, su garganta seca y amarga. Su identidad, la esencia misma de Alrana de Oaxaca, ya estaba siendo erosionada, borrada, incluso antes de que pudiera cantar una sola nota bajo el nombre de 'Emperatriz'. Se convertiría en un vacío, una piel de muñeca rellenada y manipulada por la voluntad de Lucyano, sin rastro de su ser original. Su rostro, antes radiante, sería maquillado; su voz, antes pura, sería remodelada; e incluso el brillo en sus ojos, lleno de espíritu, sería reprogramado.

Cláusula 2: Derechos sobre Obras Vocales y Expresión Artística. Todas las canciones, melodías, letras, interpretaciones vocales y emociones expresadas durante el proceso de producción o interpretación pertenecerán íntegramente a Reyes Media sin limitación de tiempo o restricción de uso. La Artista renuncia a sus derechos morales sobre dichas creaciones.

Así que sus gritos y lágrimas en el estudio, los traumas de su pasado que desenterró hasta las raíces más profundas de su alma, cada nota que produjera de su sufrimiento más auténtico, todo se convertiría en una mercancía, un producto que podría ser vendido, comprado y manipulado. Lucyano no solo compraba su voz, sino también su dolor, su ira y cada fragmento de su alma que la obligaba a expresar. Ese era un precio mucho más alto que el simple dinero; era la redención de toda su existencia. Ya no sería una artista, sino una máquina productora de dolor.

Cláusula 3: Obligación de Obediencia Absoluta. La Artista se obliga a cumplir toda instrucción, orden y política establecida por el Productor Principal (Lucyano Reyes) sin objeción, negativa o debate. Incluso una infracción menor resultará en la rescisión del contrato con reclamaciones ilimitadas por daños y perjuicios y consecuencias legales que vincularán por completo a la Artista de por vida.

Incapacidad total. Se convertiría en una esclava, no solo para Lucyano, sino para toda la dinastía Reyes. Una muñeca que solo podría moverse si se le tiraban de las cuerdas, solo podría hablar si se le abrían los labios. El recuerdo de Isabella siendo arrastrada indefensa de la biblioteca volvió a su mente, una terrible advertencia del destino que esperaba a cualquiera que intentara rebelarse. Este era un camino hacia una destrucción inevitable, un camino que ya estaba grabado con sangre y lágrimas.

Cláusula 4: Residencia y Movilidad. La Artista será alojada en el alojamiento proporcionado exclusivamente por Reyes Media y su movilidad será restringida de acuerdo con estrictas políticas de seguridad y el calendario establecido por el Productor. La Artista no tiene permitido comunicarse con terceros (incluida la familia) sin el consentimiento por escrito del Productor.

Una verdadera jaula de oro. Ya no un aislamiento temporal como el que experimentó en el ático, sino una atadura permanente que la encadenaba a esta torre. Nunca podría regresar a Oaxaca, nunca más vería a su madre ni a sus hermanos, excepto a través de la lente de Lucyano, a través del filtro que él permitiera. Las lágrimas comenzaron a acumularse en los ojos de Alrana, empañando las palabras del contrato, pero no se atrevió a dejarlas caer. Caer significaba perder.

"¿Ya terminaste de leer?" La voz de Lucyano se sintió de repente cerca de su oído, fría y penetrante. Alrana se sobresaltó, casi saltando hacia atrás. El hombre ya estaba a su lado, rodeando la mesa, tan rápido y silencioso como una sombra que emerge de la oscuridad. Su fuerte aroma, una mezcla de sándalo y poder, invadió sus sentidos, inundando su mente confusa y haciendo que todo su cuerpo reaccionara.

"¡Esto... esto es esclavitud!" siseó Alrana, su voz ahogada y temblorosa. Levantó el rostro, mirando a Lucyano con una ira y una desesperación que brotaban desde lo más profundo de su alma. "¡Usted no compra cantantes, usted compra almas! ¡Usted compra seres humanos!"

Lucyano sonrió con una mueca que distaba mucho de ser dulce, más bien se asemejaba a un depredador que acababa de olfatear a su presa. "Exactamente, Querida. Y me gustan las cosas difíciles de conseguir. Tu odio. Tu valentía. Eso hará que el alma que me vendes valga mucho más. No te preocupes. La cuidaré bien, como un tesoro inestimable."

Su mano grande y cálida se extendió de repente, tocando la mejilla de Alrana con una suavidad aterradora. Sus largos dedos acariciaron la línea de la mandíbula de la chica, subiendo lentamente hasta la oreja, luego se deslizaron entre su cabello negro, que aún era largo y suelto, retorciéndolo con posesividad. El toque no fue áspero, sino demasiado suave, demasiado sensual, como si Lucyano estuviera acariciando un tesoro que había codiciado durante mucho tiempo y que finalmente estaba en sus manos. A Alrana se le erizó la piel, no solo por miedo a la amenaza física, sino porque algo extraño, una pasión venenosa, comenzó a invadirla, haciendo que su cuerpo reaccionara de forma peculiar, fuera de su control.

"No puedo..." susurró Alrana, su cabeza dando vueltas, su mundo parecía invertirse. Tenía que negarse. Tenía que huir. Pero la imagen de su madre gritando desesperada frente a su casa asediada, el llanto aterrorizado de sus hermanos menores, volvieron a su mente con una intensidad dolorosa. ¿El precio de una vida, dos vidas, tres vidas... por la libertad de una sola persona? Eso no era una elección. Era una sentencia de muerte que tenía que aceptar, un sacrificio que no podía evitar.

"Sí puedes, Alrana," susurró Lucyano, su voz ahora tan cerca que su cálido aliento rozaba los labios de Alrana, enviando extrañas vibraciones por todo el cuerpo de la chica. "Recuerda a tu madre. Recuerda a tus hermanos. Te necesitan para sobrevivir. Y yo soy el único puente entre ellos y la destrucción total. Sé que me amas. Sé que me odias. Pero lo más importante, necesitas lo que puedo darte: protección y poder."

Lucyano se acercó aún más, sus labios casi tocando los de Alrana, un contacto que amenazaba e invitaba a la vez. Sus ojos oscuros brillaban, llenos de obsesión y un poder absoluto, como si fuera el amo del destino. Alrana podía sentir los latidos de su propio corazón acelerándose salvajemente en su pecho, no solo por miedo, sino también por una extraña atracción física que surgía en medio de su confusión emocional. Odiaba a este hombre con toda su alma, quería abofetearlo, destrozar su rostro, pero al mismo tiempo, una parte de ella quería rendirse a su fuerza oscura, quería sentir la profunda oscuridad del toque de Lucyano, atrapada en la red de un deseo mortal. Era una confusión aterradora, una brutal batalla interna entre la moral y el instinto de supervivencia más primitivo.

Lucyano apartó ligeramente su rostro, su sonrisa se hizo más amplia y cruel, mostrando sus dientes blancos y perfectos. "Nunca podrás escapar de mí, Querida. Los lazos de sangre de tu familia que tengo en mis manos. Los lazos de este contrato que acabas de firmar. Y los lazos del deseo que acabas de sentir dentro de ti, que siempre te atarán a mí como una sombra. Todo te ha atado a mí, Alrana Ixchel. Eres mía."

Tomó el bolígrafo de oro de la mesa, haciéndolo girar entre sus dedos con un movimiento elegante pero amenazante. "Tu tiempo se acabó, Alrana. El cártel no esperará. Tu madre no esperará. Elige. Sus vidas... o su destrucción. La decisión está en tus manos. Pero el bolígrafo... está en las mías. Y esta tinta... será tu sangre."

Alrana miró el bolígrafo, luego el rostro victorioso de Lucyano, y luego el contrato que parecía manchado de sangre invisible. Imaginó a su madre, su rostro arrugado por el trabajo interminable, su cuerpo ahora frágil y vulnerable. Imaginó a sus hermanos pequeños, sus ojos inocentes y llenos de esperanza. Todo eso era su vida. Todo eso era su mundo. Y ahora, tenía que sacrificarse por ellos, entregar su alma por su supervivencia.

Extendió una mano temblorosa. Lucyano colocó el bolígrafo entre sus dedos. La punta fría del bolígrafo tocó su piel, sintiéndose como el toque de la muerte que la había estado esperando. Alrana bajó la mirada, cerró los ojos por un momento, reuniendo todo el valor y la desesperación que le quedaban en su alma destrozada. Este era el final de Alrana de Oaxaca. Este era el comienzo de una muñeca, de La Emperatriz Oscura.

Con una larga respiración apenas audible, y sin abrir los ojos, Alrana firmó 'El Contrato de La Malicia'. Su firma se sintió como un rastro de sangre dejado en el papel blanco, un juramento que no podía retractarse. Cuando abrió los ojos, Lucyano Reyes estaba allí, mirándola con la sonrisa torcida más cruel que Alrana jamás había visto, la sonrisa de un diablo que acababa de reclamar un alma.

"Bienvenida al infierno, Emperatriz," susurró Lucyano, su voz llena de una victoria absoluta. "Y recuerda, en este infierno, serás la reina. Mi reina. Y bailarás en el escenario que he construido con tus lágrimas."

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