El agarre de la mano de Lucyano en el cuello de Alrana se aflojó lentamente, pero el calor aún se sentía como una marca ardiente. En el suelo de la biblioteca, el aroma persistente del miedo de Isabella aún flotaba, pero Lucyano parecía haber olvidado a la pobre mujer. Su mirada solo estaba fija en Alrana, como si el mundo solo contuviera a ellos dos y un agujero negro listo para tragarlo todo.
"Ven conmigo, Alrana. Ahora," ordenó Lucyano. Su voz no era explosiva, sino muy plana y silenciosa, e