La pasión caliente que Lucyano había forzado en el comedor aún dejaba una sensación de ardor en los labios de Alrana. El sentimiento de destrucción y asco se agitaba en su estómago, pero había algo que ahora ardía mucho más intensamente: la curiosidad. Tan pronto como Lucyano la dejó por una repentina llamada telefónica, Alrana no regresó directamente a su lujosa y silenciosa habitación. Se escabulló, sus pies descalzos tocando el frío mármol del oscuro pasillo.
Su mente no dejaba de pensar en