Vladislav
El silencio de la noche era mi único compañero mientras observaba la ciudad desde la ventana de mi estudio. Las luces parpadeantes de Moscú se extendían como un manto de estrellas caídas, pero mi mente estaba en otro lugar. En ella. Siempre en ella.
Luna se había convertido en una constante en mis pensamientos, una presencia que no podía —ni quería— exorcizar. Cada día que pasaba a su lado era una prueba para mi autocontrol. Cada mirada, cada roce accidental, cada sonrisa que me dedic