El auto avanzaba despacio, sin prisa, cumpliendo la orden de Alan: «No des sacudidas. Acaba de despertar». En el asiento delantero, Marco se limitó a asentir, manteniendo la vista fija en la carretera, que ya empezaba a iluminarse con los primeros rayos del sol matutino.
En el asiento trasero, Alan estaba sentado al lado de Jesica. La distancia entre ambos apenas equivalía al ancho de un puño, pero la atmósfera en ese espacio se sentía tan inmensa y turbulenta como un océano embravecido.
Jesi