Jesica lo contempló fijamente por un momento. Sus labios resecos se curvaron despacio en una sutil sonrisa.
—Sí, creo que de verdad estoy en el infierno. Porque veo a un demonio como tú aquí metido.
Alan resopló. —Eso no tiene gracia. —Sin embargo, no pudo evitar que la comisura de sus labios se elevara un milímetro. Apenas un atisbo casi imperceptible.
Jesica soltó una risita, pero de inmediato comenzó a toser debido a la sequedad de su garganta.
—No tiene gracia —repitió Alan, esta vez c