El auto avanzaba despacio, sin prisa, cumpliendo la orden de Alan: «No des sacudidas. Acaba de despertar». En el asiento delantero, Marco se limitó a asentir, manteniendo la vista fija en la carretera, que ya empezaba a iluminarse con los primeros rayos del sol matutino.En el asiento trasero, Alan estaba sentado al lado de Jesica. La distancia entre ambos apenas equivalía al ancho de un puño, pero la atmósfera en ese espacio se sentía tan inmensa y turbulenta como un océano embravecido.Jesica descansaba recostada contra el respaldo, con la cabeza apoyada en la ventanilla y los ojos entreabiertos. Su rostro aún lucía pálido, aunque no tanto como la noche anterior. Sus labios recobraban poco a poco un leve tono rojizo, señal de que la circulación sanguínea volvía a la normalidad.Su pierna izquierda permanecía estirada sobre el asiento, apoyada en un pequeño cojín que Marco había conseguido en el hospital. Un vendaje blanco, grueso y pulcro, la cubría desde el tobillo hasta la pant
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