—No quiero que regreses —confesó Alan con total honestidad—. Pero necesito que lo hagas. Por tu seguridad. Por la seguridad de mis hombres. Por... por lo poco que aún queda de mí.
Jesica soltó un largo suspiro.
Cerró los ojos por un instante y los volvió a abrir.
—Está bien —cedió finalmente. Su voz era baja, pero firme—. Regresaré a casa. Pero con una condición.
Alan frunció el ceño. —¿Una condición?
—Tú me vas a llevar. No Marco. No tus hombres. Tú solo.
—Jesica, eso es un suicidio...