Alan permanecía de pie ante la ventana de la habitación del segundo piso.
Tenía las manos hundidas en los bolsillos del pantalón. Su mirada se perdía en la distancia, fija en el polvoriento sendero que conectaba aquel hospedaje con la aldea más cercana. Hasta mana mencapai el horizonte, no se divisaba ningún automóvil. Ninguno de los hombres de Jonas. Ningún rastro de persecución.
Sin embargo, Alan sabía que aquella calma no duraría demasiado.
Jonas Ortega no era un hombre que se diera por v