El escozor en mi mejilla era un leve susurro comparado con la rabia que me rugía en el pecho. Cuando el eco de la cerradura murió al otro lado de la puerta, no pude evitar sentirme como una prisionera en aquella estancia inmensa y gélida. Damien decía que me estaba protegiendo, pero lo único que hacía era sepultarme en vida dentro de aquel palacio emponzoñado.
Coloqué la caja de plata que había encontrado en el fondo del armario sobre la cama. Con los dedos trémulos, abrí la tapa. Lo que hallé